Las tres grandes ciudades del país encabezan esas obras, en buena medida por la celebración del próximo mundial de futbol, pero no son las únicas, ya sean destinos turísticos o ciudades medias desarrollan diversas obras con impactos en la movilidad y el desarrollo inmobiliario.
Obras como la ciclovía de Tlalpan, el teleférico de Uruapan, la consolidación de corredores como el Tren Interurbano México–Toluca o el puente de Nichupté reflejan un cambio de lógica: priorizar conectividad, accesibilidad y regeneración urbana por encima de la escala.
Este giro no es menor. Durante años, la infraestructura se pensó como detonador macroeconómico o símbolo político; hoy, cada intervención busca integrarse a un sistema más amplio de movilidad y espacio público. La apuesta es clara: reducir tiempos de traslado, mejorar la calidad de vida y reconectar zonas tradicionalmente aisladas.
Bajo este contexto, los sistemas de movilidad alternativa —como teleféricos o ciclovías— están ganando protagonismo. No solo resuelven problemas de transporte en zonas complejas, también generan nuevos ejes de desarrollo.
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