En el complejo tablero de la economía global, México se encuentra en una encrucijada determinante. Según los análisis más recientes, la inversión fija bruta se perfila no solo como un componente del Producto Interno Bruto (PIB), sino como el verdadero motor capaz de sacar al país del estancamiento y proyectarlo hacia un crecimiento sostenido.
Sin embargo, para que este motor funcione a su máxima capacidad, existe una pieza clave en el engranaje: el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
Históricamente, la economía mexicana ha dependido en gran medida del consumo interno y de las exportaciones manufactureras. No obstante, los expertos coinciden en que el consumo tiene un techo natural. Para romper las barreras del crecimiento inercial —ese famoso 2% anual que ha caracterizado al país por décadas— es imperativo elevar los niveles de inversión, tanto pública como privada, a niveles cercanos al 25% del PIB.
La inversión tiene un efecto multiplicador. No solo genera empleos inmediatos en la construcción o la instalación de maquinaria, sino que mejora la productividad total de la economía a largo plazo. En este sentido, la actual coyuntura del nearshoring (relocalización de cadenas de suministro) representa una ventana de oportunidad que difícilmente se repetirá en las próximas generaciones.
Fuente: americaretail-malls.com
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