Liebherr, el fabricante alemán de maquinaria pesada, presentó en 2025 algo que pocos esperaban: un motor de combustión interna capaz de funcionar con amoníaco. No con gasolina, no con diésel, no con combustibles sintéticos. Con amoníaco. Y sin emitir CO₂.
La pregunta obvia es: ¿cómo funciona eso? El amoníaco actúa como un portador de energía. El hidrógeno verde, producido con electricidad renovable mediante un proceso de electrólisis, se convierte en amoníaco verde. Ese amoníaco viaja dentro y lo impulsa. El resultado es un motor de explosión sin huella de carbono.
La ventaja sobre el hidrógeno puro es concreta y tiene que ver con la logística. El hidrógeno es difícil de almacenar y transportar. El amoníaco no. Eso lo convierte en una opción más práctica para zonas remotas, exactamente donde trabajan las máquinas de Liebherr: minas, canteras, construcción en regiones alejadas de toda infraestructura eléctrica.
El único obstáculo técnico que este motor enfrenta es la temperatura de ignición. La gasolina se enciende entre 200 y 400 grados Celsius. El diésel, entre 220 y 300. El amoníaco necesita cerca de 650 grados para arder de forma eficaz. Eso implica usar un combustible de apoyo para el arranque inicial, ya sea diésel o hidrógeno producido directamente a partir del propio amoníaco con un catalizador. En ese escenario, el motor no genera CO₂.
Liebherr presentó el concepto en el atrio del recinto ferial de Múnich, en el espacio más visible de su stand principal. La señal es clara: la empresa no lo trata como un experimento de laboratorio, sino como una apuesta estratégica para la descarbonización de los sectores donde los autos eléctricos no llegan. La minería es el ejemplo más directo. Una batería no puede con el peso, la distancia y las condiciones de ese entorno.
Fuente: xataka.com.mx









